MUDÉJARES Y MORISCOS: LA PERVIVENCIA DE UNA TRADICIÓN

Cuando afrontábamos el estudio del canto mozárabe, concluíamos haciendo un seguimiento de la población romano-parlante, a fin de determinar cuánto de estos modos musicales pudo sobrevivir en el solar andaluz y si lo hizo en boca de sus portadores originales o como trazas en la música popular compartida. Ahora ha llegado el momento de enfocar a ésta última desde el punto de vista contrario, y hacer el seguimiento de la población mudéjar y morisca, a fin de entender por qué habiéndose dado vicisitudes similares en el proceso repoblatorio en toda la mitad sur peninsular, sólo en el área del Bajo Guadalquivir eclosionan las manifestaciones musicales que derivarán en el flamenco.
Antes que nada hemos de hacer una precisión terminológica. Se considera mudéjar (derivado del árabe muyaddan , es decir domesticado) al musulmán que vive en los reinos cristianos, practicando su fe y costumbres. En cambio, el termino morisco (apelativo peyorativo de moro) se aplica al cristiano de origen musulmán que ha sido convertido voluntaria o forzosamente al cristianismo. Sobra decir que la misma persona o la misma familia pudo tener ambas condiciones a lo largo del tiempo e insistimos una vez más, porque todas parecen pocas, que en su inmensa mayoría mudéjares y moriscos eran descendientes de los anteriores pobladores hispanorromanos de la península.

En las primeras fases de la Reconquista, donde las tierras ganadas estaban escasamente habitadas, se produjo una sustitución poblacional casi total. El fenómeno mudéjar empieza a aparecer con fuerza cuando se ganan los territorios de Toledo y Valencia, por ser grandes reinos muy poblados en los que las labores agrícolas y artesanas que estos realizan no son fácilmente sustituibles, por lo que se les permite permanecer en ellos. Las invasiones almorávide y almohade propiciaran expulsiones de mudéjares toledanos simultáneas a las expulsiones mozárabes, pero lo cierto es que muy pocas generaciones más tarde los descendientes de ambos grupos vuelven a reencontrarse tras la toma del valle del Guadalquivir.

La incorporación del territorio andaluz tras la conquista de Fernando III se hizo bajo dos formas legales:
-Capitulaciones, para pueblos y ciudades importantes que se resistieron a la conquista, en cuyo caso la población fue expulsada a África o Granada.
-Pleitesías, pactos de permanencia en poblaciones rurales que no se resistieron a la conquista.

Sin embargo muy poco tiempo después de la conquista de ciudades que habían firmado capitulaciones, como Córdoba o Sevilla, ya disponían de aljamas (barrios mudéjares) perfectamente organizadas, indicio de un retorno de esos expulsados o quizás el traslado a la ciudad de parte de la población mudéjar del campo.

Cuando Alfonso X conquistó Écija y Niebla, vació sus reinos, lo que provocó malestar en la población mudéjar que con la ayuda berberisca y granadina se levantó en armas en 1264. El sofocamiento de la revuelta tuvo como resultado la expulsión de la mayoría de la población mudéjar, pero ni fue expulsada toda ni dicha expulsión afectó a aquellos antiguos mudéjares que se convirtieron al cristianismo. Por tanto, a finales del siglo XIII tenemos una Baja Andalucía donde el contingente poblacional mudéjar es muy exiguo, mayormente con la condición de esclavos, aunque una cierta proporción de la población, nunca mayor del 5%, pudiesen ser conversos.

 Las cosas cambian en el siglo XIV en el que los señores laicos y eclesiásticos consiguen mercedes regias para poder importar “moros horros”, es decir no cautivos, desde el Reino de Granada para poderlos asentar en sus predios. De esta manera se sienta un precedente que se alargará en el tiempo y que  permitirá en la segunda mitad del siglo XV, cuando arrecie la guerra contra Granada, que miles de mudéjares se reasienten en predios señoriales andaluces.  La mayoría de ellos asumirán profesiones características como agricultores, albañiles y artesanos.            Tras la caída del reino nazarí, una nueva oleada de mudéjares llega a los pueblos y ciudades de Andalucía, aunque en este caso con la condición de esclavo, la cual podían abandonar a cambio de un rescate. Éste era asumido por sus familiares o correligionarios en el caso de personajes de cierta preeminencia, pero en la mayoría de los casos tenía que ser amortizado a base de trabajar, aunque no faltaron casos en el que los propios señores los manumitieron. 
La convulsa década de 1490, con la conquista de Granada, la expulsión de los judíos y los problemas de asimilación de la numerosa población granadina, planteó a los mudéjares de Andalucía occidental la disyuntiva de la emigración o la asimilación total, aunque es bien sabido que por aquella época este contingente de población había abandonado la lengua y la vestimenta de sus antepasados.

 Antes de rematar la conquista del reino nazarí, los reyes católicos designan a fray Hernando de Talavera como futuro arzobispo de la diócesis. En las capitulaciones se reconoce el derecho de los musulmanes que se queden a disponer de mezquitas, a practicar su culto, a manejar su lengua y seguir sus costumbres, y se instaba a la conversión voluntaria. Por todo el antiguo reino se restauran cultos cristianos y se rescataron y potenciaron tradiciones musicales consideradas paganas por los musulmanes (de esta época data la revitalización de los verdiales) y el propio fray Hernando de Talavera, que había aprendido árabe, realizaba prédicas piadosas en dicha lengua, ganándose el respeto de la comunidad mudéjar.


Siete años después de la conquista, los reyes católicos visitaron de nuevo Granada y se quedaron impactados del aire tan musulmán que aún conservaba. Más de 250.000 mudéjares habían quedado en el reino y algunas decenas de miles lo habían hecho en la ciudad y sus alrededores. El enfoque asimilatorio de fray Hernando sólo podía proporcionar resultados a muy largo plazo, y los monarcas decidieron acelerar el proceso poniendo en su lugar al cardenal Francisco Jiménez  de Cisneros. Éste articuló un plan de choque que incluía la presión sobre los líderes espirituales (sobornos, chantajes e incluso maltratos) para que predicaran la conversión, leyes restrictivas para los que se mantuvieran en la vieja fe y una recopilación de miles de libros que fueron divididos en dos grandes grupos: Los científicos, que fueron enviados a Alcalá de Henares, y los religiosos, que fueron quemados en la plaza de Bib Rambla.

El resultado a corto plazo de estas medidas fue la conversión de algunos miles de creyentes y los levantamientos de las Alpujarras y el Albayzin. El empeoramiento progresivo de la situación, invitó a Isabel y Fernando a redactar la pragmática de 1502 en la que se denunciaba que los levantamientos en armas habían quebrantado las capitulaciones firmadas con Boabdil (que precisamente habían sido previamente quebrantadas por el Cardenal Cisneros con sus medidas) y que por tanto se decretaba la conversión forzosa de todos los mudéjares del reino so pena de expulsión. Tal cosa se logro de iure más no de facto, pues los líderes religiosos musulmanes predicaron la taqqiyah o disimulo, por la cual los creyentes podían asistir a misa, rebautizarse con nombre cristianos e incluso comer cerdo y beber alcohol en público, siempre y cuando renegaran de ello en su interior y practicaran sus cultos en la intimidad. Había nacido el problema morisco.

Durante unas décadas la población se acostumbró a verlos en el paisanaje. Se llamaban Juan en la plaza y Hassan en el hogar, abrían su negocio el viernes pero no realizaban tarea alguna y en cambio el domingo trabajaban con las puertas cerradas; sus hijos eran bautizados en la pila con agua fría y relavados en casa con agua caliente; se casaban frente a un cura con sólo dos testigos y celebraban un banquete a puerta cerrada con docenas de invitados, entre ellos algún sheik o imán; no bebían más vino que el de la misa, cocinaban con aceite en vez de con manteca... La Inquisición los observaba si bien solía actuar sólo cuando mediaba denuncia o respondiendo a prédicas encendidas.


A lo largo de la primera mitad del siglo XVI la situación de los moriscos varía mucho en las distintas zonas del país:
-En Aragón suponían un quinto de la población del reino, especialmente concentrados en el valle del Ebro. No hablaban el árabe pero practicaban su fe con cierta libertad.
-En Valencia, eran un 30% de la población y se dedicaban a la agricultura y a actividades artesanales. Como tenían condición de vasallos, su actividad económica generaba un estimable flujo de ingresos para sus señores, que garantizaron por lo general su libertad jurídica. Practicaban su fe con bastante normalidad y sus alfaquíes tenían fama de doctos. Hablaban el árabe, el castellano y el valenciano.
-En la mayor parte de Castilla, en sus dos tercios septentrionales, apenas había moriscos. Estos se concentraban en pequeñas aljamas  en Extremadura y el valle del Guadalquivir donde constituían una minoría discreta y asimilada, que ya no hablaban el árabe, que practicaban el culto de manera poco dogmática y que solían vestir y comer a la castellana. Muchos se convirtieron definitivamente y abundaron los matrimonios con castellanos viejos.
-En el reino de Granada constituían poco más que la mitad. Su lengua, costumbres y creencias se habían conservados casi intactas pese a las prohibiciones y sus líderes mantenían contactos con el imperio Turco y con los reinos del norte de África.

En estas mismas décadas se produce la expansión otomana por el Mediterráneo occidental. Cuando en 1556 asciende al trono Felipe II la situación geopolítica es muy tensa, con el problema morisco sin resolver, con los barcos turcos navegando en los mismos mares que los catalanes, genoveses o venecianos, con Francia e Inglaterra discutiendo la hegemonía española y el problema de Flandes a punto de explotar. En 1566 el monarca español redacta una pragmática para prohibir el uso del árabe, de la vestimenta tradicional morisca y de toda costumbre de origen musulmán. La aplicación de estas duras normas en las Alpujarras, donde la mayoría de la población seguía siendo morisca, motivó un profundo malestar y sus líderes negociaron sin éxito una derogación. En 1568, aprovechando que la mayor parte de los tercios estaban en Flandes, los moriscos se rebelaron con ayuda argelina y turca provocando una guerra que duró tres años, y que fue aplastada por el infante Don Juan de Austria. El corolario de la revuelta fue la creación de la Liga Santa que derrota a la marina turca en Lepanto, poniendo el mediterráneo occidental a salvo de la infiltración otomana.
 
A consecuencia de la revuelta, miles de moriscos fueron ejecutados y hasta 80.000 se deportaron a otras regiones, en especial a Castilla donde su presencia era muy minoritaria. La llegada de estos granadinos levantiscos, inadaptados y resentidos rebajó la tensión en el reino de Granada pero reavivó el problema  en el resto de España, donde se creó una atmósfera de animadversión hacia una minoría que se consideraba  poco merecedora de confianza. Dicho recelo salpicó a aquellos moriscos castellanos que estaban plenamente adaptados a la cultura cristiana (muchos de ellos eran realmente católicos) y que miraban a los recién llegados con la misma extrañeza y desconfianza.

En el aire estaba ya la idea de la expulsión, pero los últimos años del reinado de Felipe II fueron muy agitados en política internacional por lo que toda medida drástica fue pospuesta. A la llegada al trono de Felipe III y bajo el asesoramiento del Duque de Lerma, se dispuso de manera secreta lo necesario para que buena parte de los galeones de la armada, así como muchos barcos extranjeros contratados, estuviesen disponibles y el 11 de septiembre de 1609 los pregoneros del rey anunciaban por las calles del reino de Valencia el decreto de expulsión. Apenas tres semanas después, a la caída de la tarde del 2 de octubre, salían de Denia los primeros barcos con destino a Orán. A lo largo de todo el año siguiente los moriscos castellanos y aragoneses irán recibiendo los sucesivos decretos. Algunos migrarán a  pie a Francia, con la esperanza de poder retornar más tarde, pero la mayoría de los que emigraron forzosamente lo hicieron al norte de África.

Las cifras de expulsados oficiales de la época ronda los 600.000, pero estudios sobre censos anteriores y posteriores indican que la cifra real pudo estar en torno a 275.000. Sabemos por testimonios coetáneos que unos 50.000 fueron ejecutados por resistirse a la expulsión y que otros 60.000 perecieron en el largo, farragoso y violento proceso de embarque, traslado y desembarque. La llegada de los moriscos a las costas norteafricanas supuso el derramamiento de mucha sangre española...

Sin duda alguna el decreto de expulsión supuso el fin de un problema religioso y de orden público pero ¿supuso también la ruptura del hilo conductor de esa cultura popular que se había hecho depositaria del acervo hispanorromano y oriental? Hay razones para dudarlo.
             
Ante todo las de tipo demográfico y genético. Atendiendo a las fuentes nos encontramos con que el 8% de la población española de la época, el 25% en algunas regiones, fue expulsada al norte de África. Sin embargo, la doctora Elena Bosch, realizó un estudio comparativo de un recopilatorio de marcadores genéticos (microsatélites autosómicos, inserciones Alu, secuencias del ADN mitocondrial, microsatélites y polimorfismos mononucleótidos del cromosoma Y), llegando a la conclusión de que la población de la península ibérica tenía más correlato genético con la de oriente próximo que con la del Mahgreb, lo que casa mal con el hecho de que un contingente de más de 150.000 habitantes de origen español se asentara en tierras norteafricanas.

A día de hoy, podemos dudar que esas decenas de miles fuera una migración de suficiente entidad como para alterar el panorama genético de tres países que hoy en día superan los 80 millones de habitantes, pero es preciso contemplar que la mayoría de la población magrebí ha aumentado a partir del siglo XX, por el típico proceso de transición demográfica de los países en vías de desarrollo (disfrutar durante varias décadas de la misma tasa de natalidad alta pero con una mortalidad infantil que se reduce por los avances). Vayan por delante unos datos; a día de hoy Marruecos tiene unos 34 millones de habitantes, pero en 1970 eran sólo 15 millones y en el año 1900 no llegaba a 4 millones. Por estas mismas fechas Argelia tenía 4,7 millones, Túnez 1,9 millones. En Andalucía vivían por entonces 3,6 millones de habitantes, 18,6 en toda España, y eso pese a que durante casi cuatro siglos hubo un flujo migratorio constante desde la península hacia las colonias, flujo especialmente intenso en regiones como Andalucía, Extremadura o Galicia.

Si tenemos en cuenta este hecho y le añadimos que el proceso de transición demográfico español es varias décadas anterior al de Marruecos, y que la tasa natural de crecimiento también fue superior durante los siglos anteriores, tenemos que esa proporción entre la población española y magrebí de 1,8:1 del año 1900, bien pudo ser, en la época de la expulsión, de 2,5:1, lo que implicaría que la expulsión morisca afectara hasta en un 5-6% a la población nativa norteafricana. Para que nos hagamos una idea, en torno al 10% del pool genético europeo procede de la inmigración a consecuencia de la expansión de la agricultura desde oriente próximo; pues bien, esa contribución es la que marca la principal diferencia entre los europeos mediterráneos y los centroeuropeos.

Por tanto, si bien es cierto que las fuentes originales hablan de 600.000 afectados por las órdenes de expulsión, lo que tenemos es que demográficamente no son demostrables más de 300.000, que acaso un tercio de estos muriesen en todo el proceso, pero no queda constancia cierta de que el aporte migratorio definitivo al norte de África fuese de la cantidad resultante. Nadie niega aquí la evidencia de que en Túnez existe un barrio de Les Andalous, de que ha sobrevivido vocabulario artesanal de origen español en él, de que la música andalusí es una realidad y que sus variantes estilísticas las conectan con un origen geográfico peninsular (Qurtubía/Córdoba, Garnatía/Granada, Chibilía/Sevilla, Balansiyya/Valencia), lo que se cuestiona no es cuánto llegó, sino cuánto no partió o cuánto retornó. Por no hablar de que aquellos que se adelantaron a la expulsión forzosa tuvieron la posibilidad de quedarse a base de fabricarse una identidad falsa, algo mucho más factible para aquellos moriscos que como los andaluces o castellanos, estaban plenamente españolizados, o como los valencianos, que eran trilingües. Miguel de Cervantes ejemplifica esto con su personaje Ricote, al que Sancho encuentra formando parte de un grupo de músicos ambulantes, y al que no reconoció en primera instancia como el tendero de su pueblo, un morisco expulsado y, al parecer, retornado. 
 Precisamente esa afiliación de Ricote a un grupo de músicos ambulantes (puede que gitanos), alimenta la tesis del trasvase cultural morisco-gitano del flamenco, pero licencias literarias al margen, lo cierto es que la gran mayoría de los moriscos no se diferenciaban genéticamente del resto de españoles, por lo que en caso de que manejara con comodidad la lengua española, el cambio de nombre, de indumentaria y de profesión bastaba para que aquel morisco de Albacete cuya tienda tuvo que cerrar ante el decreto de expulsión se reasentara en Sevilla o en Toledo y fuese totalmente indistinguible del resto de conciudadanos. Para el caso de los retornados, en cuyo camino de ida y vuelta habían perdido posesiones, cabía el reasentamiento en arrabales, junto a otros marginados como gitanos, negros y mulatos...





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