EL GAZPACHO DE MI MADRE


Agua, aceite, sal, ajo, pan, tomate, pepino, pimiento, zanahoria y limón… Durante un tiempo esta fue la receta habitual del gazpacho de mi madre. En ella destacan dos ingredientes que se podrían considerar espurios, que son la zanahoria y el limón. No es un caso particular, sino una de las muchas variaciones que acepta una bebida tan popular como proteica; yo mismo no le añado pan al mío…

¿Es gazpacho lo que hace mi madre? Sin lugar a dudas sí. Su sabor, su color y su textura son inequívocas, aunque sus particularidades salten a la vista (o en este caso al paladar) del bebedor habituado, que puede detectar en la mezcla un puntito de sabor inesperado que le agrade o desagrade o algo en el color que le pueda hacer dudar sobre el tipo de tomates utilizados. Pero es gazpacho.

Vayamos ahora de lo particular a lo general. Si nos sentásemos un grupo amplio de personas a preparar un gazpacho comunal, de modo que hubiese que consensuar la receta, es posible que mi madre tuviese que renunciar a introducir la zanahoria y a abandonar el limón por el vinagre. Del mismo modo quedarían en el camino la cebolla, el pimiento colorao, la piel del pepino, panes no blancos, aceites no oleicos, pimentón… Tantos y tantos ingredientes que añadidos individualmente cambian el carácter de un gazpacho pero no su esencia. Tras un largo debate, es posible que la receta final de ese gazpacho común fuese la que la mayoría considera canónica: Agua, aceite de oliva, ajo, sal, pan, tomate, pimiento verde y pepino pelado.

¿Y si en vez de ir de lo particular a lo general, de la innovación al canon, fuésemos de lo actual a lo pretérito? En ese caso tendríamos que bucear en obras literarias, en viejos recetarios o en crónicas de costumbres para poder dilucidar en qué momento los ingredientes venidos de América, el tomate y el pimiento, se añadieron a nuestra sopa fría, y si el pepino, que es una hortaliza transmediterránea, estuvo ahí desde el principio o se añadió al final.

A poco que la discusión se alargue acabaremos hablando de esa especie de gazpacho que se preparaban los soldados romanos y cuyo arranque (agua, aceite, ajo, pan y sal) forma parte del cuerpo central de nuestra bebida. También los soldados añadían otros ingredientes como frutos secos o  berenjenas, pero la conclusión general acabará siendo que pudiendo ser ese el origen del gazpacho, no es gazpacho.

El ya inevitablemente mal llamado “nuevo flamenco” o la ambigua fusión, equivaldrían en esta introducción al gazpacho de mi madre, y a todas aquellas variaciones que bebemos en casa de nuestros amigos o en los bares que frecuentamos. Son postrimerías interpretativas de una receta universal.

El no mejor llamado “flamenco clásico” haría las veces de nuestro gazpacho comunal y canónico, y aunque algunos autores puedan estar sosteniendo largas controversias sobre lo esencial de pelar los tomates o de si es reinterpretación o tradición quitarle la hebra al ajo, al final seguiría encerrada en aquel puñado de ingredientes la esencia de nuestra bebida.

Pero esta introducción no es para advertir de esa diferencia entre flamenco clásico y nuevo, o entre flamenco puro y fusión. Viene a cuento de la historia de lo que acabó siendo flamenco sin serlo desde un principio. Cuando se estudia el pasado se tiende a dividir lo estudiado en dos grandes períodos, historia y prehistoria, marcando la separación de ambos la conservación de elementos escritos del pueblo,   cultura o civilización que se estudia, y aún se añade una estrecha pero cómoda franja llamada protohistoria, que refiere aquel período del cual no se conservan testimonios escritos propios pero si referidos por terceros.

Tomando este segundo ejemplo como válido, podríamos considerar historia del flamenco a aquel período que va desde las primeras grabaciones hasta la actualidad. Lo queramos o no, nos resulta imposible elucubrar en qué grado el cante de Silverio fue el final de lo antiguo o el inicio de lo nuevo, y quizás si por un milagro pudiésemos escuchar la voz del Planeta o de Tío Luís el de la Juliana se nos quedaría una cara extraña y se nos abriría un mar de dudas en nuestro corazón.

Estos últimos más bien pertenecerían a la protohistoria del flamenco, del cual ya tendríamos la más que fundada sospecha de que o se le denominaba así o con otros nombres que acabaron siendo parónimos, de que muchos de los caracteres interpretativos que le son propios ya abundaban en esos cantes y de que la mayoría de palos o estaban formados o se estaban terminando de formar.

Y es entonces cuando hay que empezar a escarbar, a interpretar, a sugerir, puede que hasta a inventar, toda una serie de conexiones que justifiquen cómo en el submundo de las tabernas y colmaos de una región periférica y atrasada ha podido surgir un arte tan complejo, mestizo y estilizado como lo es el flamenco, y cuyo estudio requiere el abordaje desde lo literario, lo lírico, lo musical y lo dancístico a un tiempo, de toda la tradición popular del sur de España.

El final de esta introducción es el principio de lo que viene a continuación, esa sopa de milicia que no se llamaba gazpacho, que no tenía los mismos ingredientes que el gazpacho, pero cuya idea fundamental  y el cuerpo de la receta son, muy probablemente, el origen del gazpacho de mi madre.

3 comentarios:

  1. Enhorabuena por este magnífico blog, por el enorme trabajo que se evidencia y la claridad y buen juicio con que se expone. Y enhorabuena por el gazpacho de su madre.

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  2. Un deleite. Muchas gracias y adelante.

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  3. Amén de lo bien documentada y "opinada" que está la Historia de nuestro flamenco, lo que más me llama la atención de este peculiar blog es lo bien escrito que está. Pura prosa andaluza. Clara y elegante. Precisa y preciosa. Enhorabuena a quien fuere! O como dirían los cabales... Óleee tú!

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