EN EL PRINCIPIO FUE TRIANA

 Terminábamos el artículo sobre el canto mozárabe haciendo un breve repaso de cómo un estilo musical de conformación nacional había podido sobrevivir pese a los sucesos políticos y religiosos que marcaron la Edad Media española, pero incidíamos desde el principio en el carácter oriental en origen de esa música. 

A la hora de encontrarle lejanos ancestros al flamenco, o al menos a una parte de los cantes flamencos, es preciso tener en cuenta esto último, pues si bien, se van encontrando vestigios de un origen académico en bailes y composiciones, sigue quedando en el aire cómo llegan estas refinadas composiciones al mundo underground andaluz de los siglos XVIII-XIX y por qué quedan afectados de modos musicales orientales. Queda en el aire escudriñar los posibles orígenes africanos de ciertos movimientos de los bailes flamencos o de los compases de algunos palos. Queda en el aire conectar  con el viejo romance castellano los corridos escuchados por los primeros flamencólogos hace dos siglos o las cuartetas de soleares cantadas con los mismos melos. Queda en el aire encontrar la puerta de entrada en  el mundo flamenco de aquellas tonadas campesinas cantadas desde la cuna a la era. Queda en el aire no ya saber la puerta de entrada de los cantes procedentes de América sino entender por qué se aflamencan. Y queda en el aire adivinar cuándo y cómo los gitanos venidos de la India asumen como propia una música que no tiene parentesco alguno ni con sus lejanos parientes asiáticos ni con sus más próximos europeos.
            Cabe la posibilidad de que la respuesta a todas estas preguntas estén en un mismo sitio: Triana.


En Triana estuvo desde siempre la mayor comunidad morisca de la ciudad de Sevilla, especialmente a partir de la dispersión de los granadinos a consecuencia de la Guerra de las Alpujarras. Consta que embarcaron en Almería 11.500 moriscos para el reasiente, de los cuales sólo unos 5.500 sobrevivieron a las enfermedades, las penurias de la travesía y la violencia de sus guardianes. Tras un primer recuento a su llegada a Sevilla se echaron en falta otros 1.200 que lograron escapar en los primeros días; el primer censo de moriscos llegados de Granada arrojó la cifra de 4.300, de los cuales unos 3.000 permanecieron en la capital y el resto fueron repartidos por pueblos de la provincia, en comunidades de varias decenas.

Allá por 1580 un censo oficial arroja la presencia de más de 6.000 moriscos en la capital, de los cuales unos 2.000 en Triana y a final de siglo la cifra total sobrepasa los 7.000, de los cuales más de la mitad se han agrupado en el arrabal junto al río. Se dedican a oficios sencillos como labradores, alfareros, curtidores, buñoleros y se mantienen en una comunidad cerrada y endogámica donde a tenor de los testimonios de la época, hablaban algarabía (es decir árabe vulgar). La presencia de estos moriscos granadinos terminó de empujar a los moriscos sevillanos de varias generaciones a acelerar su proceso de asimilación como así lo testimonia Ortiz de Zúñiga al referirse a su habla y su vestimenta.

En las cuatro décadas de presencia masiva de moriscos granadinos en Triana se dio también, no obstante, cierta tendencia hacia la asimilación, ya sea por el matrimonio con castellanos viejos (no olvidemos que a su llegada eran mayoría las mujeres jóvenes) o por la voluntad de conversión. En una carta de enero de 1610 el arzobispo de Sevilla los defiende de la expulsión aduciendo que no son muchos y que son de carácter humilde y que desempeñan profesiones necesarias que sólo ellos dominan. Por la carta arzobispal sabemos que los matrimonios habían sido frecuentes, que los había ya en la Universidad y que muchos habían tomado orden religiosa.

 No podemos saber con precisión qué proporción de aquellos miles de moriscos trianeros burló la expulsión ya fuera de manera legal o ilegal, pero de toda la población sevillana de entonces, fueron los únicos depositarios de una larga tradición popular ininterrumpida en el reino de Granada y la Alta Andalucía, donde el contexto de una cultura árabe oficial se recogían substratos romances en primera instancia, orientales en origen al fin y al cabo.

 Al mismo tiempo que estos moriscos iban llegando a Sevilla y reubicándose en Triana, se producía la gran eclosión de la población negra. En su gran mayoría esta población era esclava en la primera mitad del siglo XVI y por tanto se asentaba dentro de los barrios más pudientes, donde prestaban servicio a sus amos. Pero por el tiempo en que los moriscos afrontaban su trance decisivo, los sevillanos de origen africano alcanzaban su punta más alta de población con cerca de la décima parte del total. Además ya vimos que la mayoría de mulatos eran bastardos producto del “andar entre negros”, y que la mayoría de estos hijos ilegítimos acababan siendo libertos. 

También vimos que desde varias décadas antes de la llegada de los moriscos granadinos, estos libertos se veían obligados a asentarse en barrios extramuros, y de nuevo nos encontramos con que esta población marginada se repartía básicamente en dos grandes grupos, los que se asentaban en los arrabales al este de la ciudad (la Calzada, Campo de los Mártires, San Roque...) vinculados a la hermandad de los Ángeles, y los que lo hicieron en Triana, al final de la calle Castilla, vinculados a la hermandad del Rosario, después del Patrocinio. Este segundo grupo, a diferencia de aquel, se hallaba mezclado con el resto de población del arrabal. 

Los gitanos ya están presentes en Sevilla desde mediados del siglo XV, si bien de manera anecdótica. El rastreo de testimonios tempranos induce a pensar que todos esos clanes que se pasean allá y acullá por los reinos castellanos y aragoneses van progresando hacia el suroeste (Granada aún no está conquistada), y encuentran acomodo en los arrabales extramuros de las principales ciudades del Bajo Guadalquivir. A comienzos del siglo siguiente los movimientos de población se hacen muy intensos en todo el sur peninsular, con dos grandes focos generadores: La Granada recién conquistada, que absorbe más de 150.000 repobladores en pocas décadas  y el triángulo Sevilla-Cádiz-Jerez, que triplica su población al socaire de la frenética actividad colonial. Precisamente los gitanos irán cayendo en estos dos focos de atracción, y en todos los casos, irán abandonando el nomadismo para asentarse en los nuevos arrabales de las principales ciudades, junto a negros, mulatos, moriscos y gente recién llegada del campo. En Sevilla su primer asentamiento será en la zona de la puerta Osario, colindante con el barrio de la Morería y cerca del hospital de negros y la capilla de Nuestra Señora de los Ángeles. Los  mismos censos que nos informan de que en 1580 sólo un tercio de los moriscos viven en Triana y que una generación más tarde son más de la mitad, también nos informan de que por esa misma época la mayoría de los gitanos sevillanos se asentarán en Triana.

 Ya desde los inicios de sus falsas peregrinaciones por Europa tenemos abundantes testimonios de que entre las actividades que realizaban para ir pasando la vida estaban las musicales, en especial los bailes (recordemos la obra de Gil Vicente), y tenemos tan poca evidencia de que hubiesen traído con ellos cantes y danzas orientales, como abundante es la evidencia por toda Europa de que en cada país se erigieron en intérpretes ambulantes de los estilos nacionales; el caso de Hungría es el más paradigmático, pues los músicos cultos románticos de aquel país erigieron la música nacional magyar sobre la base de la tradición popular conservada por los gitanos.

El período que va desde 1610-1633, es decir, desde la expulsión de los moriscos hasta las medidas de asimilación forzosa de los gitanos decretadas por Felipe IV, conviven en Triana abundante población negra y mulata, en parte nativa de Sevilla, en parte retornada de las colonias, y a tenor de las fuentes introductora en la ciudad de numerosos estilos de cantes y bailes preflamencos venidos directamente de África o de América (guineo, zarabanda, chacona y un larguísimo etcétera). En estos años se mezclan con el resto de la población aquellos hijos y nietos de moriscos granadinos que han conseguido burlar la expulsión a base de construirse una nueva identidad gracias a la convivencia y al dominio del idioma, y algunos de los que no pudieron burlarla retornaron como el Ricote cervantino, mezclado con una trouppe de músicos ambulantes “gitanos”. Los gitanos auténticos del barrio ya llevaban varias generaciones sedentarizados, y todos aquellos que hallaron algo de progreso material, tendieron a agachonar sus costumbres, pero los que no lo lograron, y debieron ser la mayoría, se entremezclaron con esa población mulata, negra y morisca de las que podían aprender a tañer instrumentos, a cantar coplas antiguas (en la lengua y los modos del país) y a ganarse la vida interpretando en fiestas y celebraciones muchos de esos bailes y cantes que generación tras generación se renovaban pero que seguían causando el mismo furor.

Lo que vino a continuación fue la peste de 1649. Tras una primavera lluviosa y una crisis de desabastecimiento generalizada y de hambrunas consecuencia de las potentes avenidas del Río, a principios de abril de ese año buena parte de la población comenzó a sentir los primeros síntomas de la peste bubónica que había dado avisos en otros reinos peninsulares desde dos años antes. Con tan buena mecha prendida la explosión fue inminente y durante el mes de mayo se dieron cifras de entre varios cientos de muertos diarios y algunos miles, alcanzándose la punta más elevada pocos días después del Corpus, donde la masificación de la fiesta propició que se llegara a los 4.000 muertos en un solo día. Los hospitales de toda la ciudad se saturaron, las explanadas cercanas se llenaron de enfermos moribundos a la espera del ingreso; en el Hospital de la Sangre murieron 23.000 durante toda la crisis, en el de Triana 12.000. La mortandad sostenida, el vaciamiento de las calles, la llegada de las calores secas y las medidas de higiene propiciaron que a principios de julio disminuyeran los muertos significativamente y a finales de mes se constataron los últimos casos. Tras cuatro meses de epidemia, la peste se llevó por delante a 60.000 de los habitantes de la tercera ciudad más grande de Europa, en torno a un 45% de su población, y se llenaron varias fosas comunes en las afueras de la ciudad. La mayoría de esa mortandad se dio entre los habitantes más pobres, los que vivían más hacinados, los que no tenían posibilidad ni de migrar ni de irse una temporada a una casa solariega.


 En el arrabal trianero, las espeluznantes cifras de muertos indican que es posible que más de las dos terceras partes de su población muriese y una proporción indeterminada marchase para salvar la vida. Las narraciones de testimonios que suceden en estas grandes epidemias a lo largo de los siglos coinciden en que en los momentos de mayor virulencia la gente se lía la manta a la cabeza y lleva hasta el último extremo la máxima de que la vida son dos días, entregándose a un desenfreno fatal. Después se pasa a una fase de aislamiento, de desconfianza, de escrúpulos magnificados. Finalmente, cuando la crisis queda atrás, cuando han pasado varias semanas sin muertos conocidos, se recupera la alegría de vivir, la gente se empareja de nuevo y las cifras de natalidad se disparan.
  
A finales del siglo XVII y principios del XVIII, ya no queda rastro alguno de los moriscos y la mayor parte de la población negra de la ciudad ha desaparecido. La comunidad mulata censada sí ha aumentado, aunque quedarían fuera de esa calificación censal aquellos que tras varias de generaciones de mestizaje sólo conservasen un octavo o menos de su ascendencia africana. De los que quedan la mayoría están asentados en la collación de San Ildefonso, donde surgirá la cofradía del El Calvario. En Triana tenemos una situación muy dualizada, con el norte del barrio de mayoritaria población gaché y dedicados a actividades artesanales y preindustriales, y el sur, con mayoría de población calé, la cual es paradójicamente mayor que la de los tiempos anteriores a la peste. De estos gitanos trianeros una proporción destacada se dedica a la herrería y la quincalla o a la cestería, actividades que venían realizando por toda Europa desde el fin de la Edad Media. Pero al mismo tiempo vemos que muchos de ellos son buñoleros, turroneros, hortelanos o músicos como lo eran unas pocas generaciones antes los moriscos, y que muchos se ganaban la vida cantando y ejecutando aquellas danzas traídas por los esclavos afro-americanos.

¿Son estos gitanos de la Cava del siglo XVIII los depositarios de la herencia cultural que durante medio siglo se había amalgamado en el arrabal trianero? Pudiera ser. ¿Pudo la supervivencia a la peste unificar en una misma comunidad étnicamente compacta a moriscos castellanizados, a moriscos agitanados, a negros, mulatos y gachés? Los datos demográficos apuntan más a eso que a otra cosa. ¿Fueron los gitanos como conservadores de los modos musicales orientales de los moriscos y como ejecutantes profesionales de las danzas de negros los que “aflamencarían” aquellos cantes y bailes académicos de los que hay evidencia que procede el tronco central del Flamenco, como el fandango y asumirían como propios los romances castellanos por cuyos recitados y corridos eran famosos un siglo más tarde? Dado que entre los testimonios protoflamencos más antiguos siempre están presentes, no sería de extrañar. ¿Acaso tendrían la exclusividad estos gitanos trianeros sobre otras comunidades en Alcalá, Utrera, Jerez, Cádiz o los Puertos? Quizás sólo en origen, porque el trasiego de ida y vuelta entre Sevilla y Cádiz fue tan intenso durante los siglos de gestación del arte flamenco que las innovaciones y evoluciones serían simultáneas y compartidas. Sí tenemos ciertamente el testimonio de Estébanez Calderón a mediados del XIX donde explicita precisamente esto: Que todas las variedades musicales que décadas más tarde se adjetivarían como flamencas, llegaban a Sevilla desde todos los puntos de Andalucía o España, fuese por vía popular o académica, que allí se acrisolaban por la fusión de elementos dispares y al gusto del público sevillano, y que reelaboradas y mestizas se extendían por el mediodía peninsular. ¿Por qué pese a este mestizaje los estudios genéticos emparentan claramente a los gitanos españoles con los habitantes de la India? Porque como ya se dijo anteriormente, los estudios genéticos al analizar a individuos vivos sobrerrepresentan la ascendencia reciente y aquí se ha hablado de lo que se produjo durante unas décadas hace varios siglos, y todo ello ha quedado, desde un punto de vista genético, bastante revisado tras las grandes guerras de los siglos XIX y XX, que propiciaron la huída desde el  centro de Europa hacia la periferia (Rumanía, Balcanes, Península Ibérica, Islas Británicas y América) de abundante población gitana. Aún hoy los gitanos españoles se autodividen entre españoles y catalanes, quizás reflejo ests últimos de una serie de oleadas más recientes,  y buena parte de aquella población gitana de los siglos XVII y XVIII (y aún posterior) se agachonó, de modo que no pueden ser contemplados como excepciones genéticas. Sólo un estudio sistemático entre la población de ascendencia “morena” o entre trianeros de toda la vida, de marcadores genéticos procedentes de Asia podrían iluminarnos al respecto.

¿Se sugiere por todo lo anterior que el Flamenco nace en Triana a finales del siglo XVII entre los descendientes de moriscos y africanos integrados tras la peste en una única etnia vista como gitana? No. Lo que aquí se sostiene es que esos “gitanos” habían adquirido un sustrato musical riquísimo fruto del mestizaje y que las reinterpretaciones que hicieron de otros estilos para comercializarlos, se vieron afectados por esa herencia. Ver a José Mercé cantando el himno del Real Madrid o al príncipe gitano versionando “in the Ghetto”, sugiere mucho.
 

3 comentarios:

  1. Este blog es interesantísimo. Me gustaría hacerme seguidora de él pero no tienes puesta la opción de "seguidores", así que lo haré desde mi página principal.

    Esta primera entrada es rica en datos y apuntes sobre la historia de Sevilla y del Flamenco.

    Te felicito por él y me lo quedo para deleitarlo con tiempo.

    Un saludo

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  2. Bueno, más bien es la última.
    De hecho este blog es sólo uno de entre una cadena de blogs sobre flamenco.

    Se agradece tu visita, tu interés y tus palabras.

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  3. Es muy interesante todo lo que se escribe aquí, no solo por los datos de interés que se aportan sobre el flamenco y por el hecho de estar muy bien documentados, sino también por enfatizar sobre la importancia de otras músicas que han estado presentes en Andalucía Occidental y que habitualmente son ignoradas o poco estudiadas. No conozco mucho sobre flamenco, pero si bastante sobre las manifestaciones musicales de origen africano asentadas en el Caribe. Muchas de ellas presentan bastantes similitudes con los bailes flamencos y con muchísimos elementos de su música. Me gustaría poder profundizar más adelante sobre esta cuestión. Muchas gracias por dedicar su tiempo a dar a conocer la historia de la música en Andalucía y el origen de ese patrimonio único.

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